sábado, 17 de agosto de 2019

El sentido amable de las cosas


El éxito de la tecnología, especialmente en nuestro tiempo, lleva a una proliferación de ciencias particulares que exige poderlas considerar de una manera  global, como parte de una tarea única que pretende conocer la realidad y obtener provecho de ello.

El empleo de la matemática, en sus diferentes formas, lo ha hecho posible. De ahí procede una cierta fascinación por ella, aunque en realidad la admiración proviene desde muy antiguo. Comenzó hace muchos siglos con los pitagóricos, más tarde con los platónicos, y se ha ido renovando conforme se han multiplicado los éxitos tanto de las ciencias tanto macro físicas como de las moleculares. El avance suele ir ligado a nuevas comprensiones de los nexos matemáticos que ligan unos fenómenos con otros. Se aspira a llegar a la cumbre, la conexión de las cuatro fuerzas  fundamentales de la naturaleza.

Está claro que el avance del hombre en estos conocimientos es paulatino, lleva su tiempo, es histórico. Pero algunos llegan a pensar que más que inventar, el hombre encuentra. Piensan que la realidad está escrita en caracteres matemáticos eternos supra temporales, que hay principios y axiomas a priori. Así, el proceder diacrónico del hombre capta lo que sincrónicamente está en la realidad desde siempre, posiblemente desde la eternidad. 

En la filosofía de Platón encontramos ideas eternas, a a las que asocia después las matemáticas, y más recientemente lo afirmaba con rotundidad G. Leibnitz. Un sistema matemático total daría cobertura a toda la realidad. Cada elemento, cada sustancia, cada mónada, está relacionada con el sistema completo, es una partecita del todo que tiene que ver con todo.

Pero estas ideas conectadas, tendrían que tener un centro directivo que les diera consistencia. Se le podría llamar Dios, según su propuesta. Pero, desde luego no sería el Dios cristiano. Leibnitz pretendía unir saberes y religiones mediante su filosofía, pero la fe católica forzosamente queda al margen. Porque ese centro primordial, parte principal del sistema, no sería Dios trascendente, creador pero distinto de la creación. 

La filosofía de B. Spinoza nos puede facilitar entenderlo: Dios y el universo son una única realidad, existen como una entidad única. Es una propuesta que hoy aceptan algunos pensadores. Dicen: -Bien, existe el universo, es asombroso que exista pero existe. No lo ha originado nadie, posiblemente seguirá existiendo eternamente. Si queremos ver en ello a Dios, bien; todo existe, todo es lo mismo. Esta es una explicación monista y atea. 

Cabe otra solución que es aceptar una existencia dual: 1. El hombre intenta encontrar explicaciones a las cosas y las más precisas que encuentra son matemáticas. De este modo se van inventando, desarrollando las matemáticas, a veces de forma verdaderamente admirable y complicada.   2. El universo tiene una estructura que se deja medir y explicar por las matemáticas humanas. Ahora bien, saber cómo lo entiende Dios es otra cosa. Dios es admirable pero su pensamiento no parece que se pueda dejar enjaular en el pensamiento matemático. Dios es Lógos, y la creación es racional. El Lógos divino es origen de todo, pero Dios es libre y en la creación, además de variables físicas, está la libertad humana.

Este modo de entender el universo y el hombre es dual y separa muy bien lo que es el conocimiento divino de lo que es pensamiento humano, que participa de aquél, pero no se identifica con él.

Es posible que Dios se deje guiar por las matemáticas, pero todo hace entrever que su pensamiento es muy superior al meramente matemático. La intervención de Dios en la historia, como muestra la sagrada escritura, no es ni determinada ni rígida. Dios se deja llevar por el amor, la misericordia, la ira, los milagros nos hablan de alteraciones de las leyes de la naturaleza, etc.

Además, en un sistema matemático se deja sin explicación la pregunta más importante: la del sentido de las cosas. ¿Qué hacemos existiendo? ¿por qué el universo? ¿hacia dónde va? El hombre es el único ser que tiene conciencia. ¿Tiene sentido hablar de justicia, de moral. ¿Hay bien y mal, cómo distinguirlos?

La vida del hombre desde niño, pasando por la juventud y la madurez, es una búsqueda continua de sentido. A la vida social se le intenta ponerle ‘gracia’, originalidad, sorpresa, para variarla y hacerla más agradable, divertida. Pero si el trasfondo de las cosas y las personas es matemático, ¿por qué no somos robots? Sería más lógico, más coherente, más sencillo y directo. ¿A qué vienen los sentimientos, los afectos, las enfermedades, los dolores. En una vida robótica no tendría que haber nada de eso. 

Es verdad, perdería aliciente la vida, sería "poco humana". La alegría, el amor, la generosidad, el sentido del honor... se perdería. Si perder el sentido de la vida humana desconcierta, ¿por qué negar sentido al universo, al mundo, a las personas por tanto, cuando continuamente buscamos sentido a la unión familiar, a los hijos, a los amigos, al trabajo, a las empresas económicas o deportivas? Tenemos cantantes, teatro, cine, novelas. Cualquier obra de entretenimiento requiere un tema, un argumento, un final "que diga algo", que convenza. Sin sentido y sin argumento, todo diálogo tendría que ser matemático y basta.   

Pensar en Dios trascendente nos ayuda a asomarnos a su modo de entender, pero entendemos que lo hacemos "al modo humano", esto es, según la capacidad que tenemos, que nos ha sido dada. ¿Por qué nuestra capacidad no es como la divina? Por una sencilla razón: porque no somos Dios.

Poseemos, por tanto, una amplia y potente capacidad, pero que es superada por la misma realidad, también criatura de Dios, y nosotros, menos cosa que la realidad del universo, vamos detrás de ella observándola. Eso sí, Dios la comprende y nosotros también, pero según nuestra capacidad y nuestro estilo. Aunque, al menos, nuestro estilo humano es más rico y amable que el frío mundo que puede ofrecernos la matemática y la técnica.