lunes, 11 de enero de 2016

A MODO DE PRÓLOGO



Conocí a Leonardo Polo en un curso de verano de la Universidad de la Rábida, cercana a Huelva pero al otro lado de la ría. Quizás por las circunstancias –había por allí un profesor pro-marxista-, lo cierto es que le oí hablar de marxismo, en largas veladas porque allí había tiempo para todo: para el deporte, para los estudios de historia y, especialmente, para las más diversas conversaciones culturales. Estábamos más de cien universitarios con un interés especial por el estudio y la cultura en todas sus variantes.  

Cursé los dos primeros años de ‘asignaturas comunes’ en los años 1959-1961 en la Universidad de Navarra, y tuve como profesor de filosofía a Leonardo Polo. No puedo decir que me enteraba de todo lo que decía, ni mucho menos, pero guardé con interés los apuntes tomados en aquella época.

Después le oí muchas veces en tertulias y en sesiones del Club de lectura del Colegio Mayor Aralar, en Pamplona. Las reuniones duraban, aproximadamente, de 4.30 de la tarde hasta las 8, hora en la que debía atender otros deberes. También tuvimos cinco o seis sesiones sobre historia contemporánea de España, en las que nos hablaba tanto de personajes concretos como daba visiones de conjunto de gran interés.

De todas estas ocasiones saqué una conclusión: era la persona más interesante de todas las que había oído. Y, aunque todavía apenas tenía publicado algún libro muy difícil de entender para mí, decidí que si yo continuaba con la filosofía, e incluso aunque me tuviese que dedicar a otra cosa, leería y estudiaría a Leonardo Polo. Estaba seguro que no era una mala elección, ni un modo de limitar mis lecturas, sino una ganancia, porque oír o leer a Polo era tanto como oír o leer con viveza y actualidad toda la historia de la filosofía. Tal era la amplitud de su saber que mostraba en cada uno de los temas que trataba.

Efectivamente, la vida no me ha llevado por la dedicación a la filosofía. Pero he cumplido mi propósito. Hacia el año 1990, nos reunimos en Málaga varios amigos filósofos, ellos dedicados profesionalmente a la enseñanza universitaria, yo no. En un momento dado, de una manera informal, propuse que deberíamos dividirnos los campos de estudio sobre Leonardo Polo para no insistir todos en lo mismo. Creo que todos considerábamos la teoría del conocimiento como el eje del pensar filosófico. En aquel momento, elegí dedicarme a estudiar el hábito de sindéresis, y he cumplido mi palabra en la medida de mis fuerzas. Como no me era cómodo el acceso a una amplia bibliografía, decidí estudiar a los dos autores más interesantes sobre ese tema: Tomás de Aquino y Leonardo Polo. Los trabajos que he publicado y que se reproducen en este blog, en las páginas que tienen acceso en la columna de la izquierda, son el resultado de ese empeño.

A los artículos sobre el hábito, les acompañan dos artículos más, uno sobre Laudan, un filósofo de la ciencia, cuyo libro se empezó a estudiar en Granada y algunos universitarios me pidieron que les facilitase la lectura y ejerciera alguna crítica. Y otro sobre Dilthey. Me fue pedido para un número de Studia Poliana en el que saldrían numerosos autores a los que Polo había dedicado una crítica 'menor', podríamos decir, de pasada. 

El hábito de sindéresis ha vuelto a ser un punto clave en la teoría del conocimiento y en la filosofía práctica. Ya el de Aquino lo vió así, aunque su exposición quedaba varada por un problema del que trato en el Yo y la sindéresis: me refiero a la dificultad por encontrar la conexión entre el principio de los hábitos especulativos y el de los hábitos prácticos. Es un problema real que parece asustó a los tomistas de todos los tiempos. Polo lo resuelve con la sindéresis, hábito de ambos principios. 

Al tratar de esta noción me estoy refiriendo a cómo la ley divino-positiva llega al interior del hombre, a qué es el hábito de los primeros principios prácticos, a cuál el hábito de los primeros principios morales. Y a cómo la naturaleza humana queda unida al intelecto trascendental, a la libertad, al amor trascendental y, en fin al ser del hombre, a la persona humana. A todo ello responde la sindéresis, el hábito que procede del intelecto trascendental, que es el corrector de la conciencia, del saber y de la conducta.

Termino con una anécdota que me parece muy ilustrativa. Estaba en Lovaina y dejé el Cuaderno de Anuario Filosófico titulado La sindéresis encima de una mesa de la sala de estudio. Una joven universitaria lo todo en algunos ratos libres un par de días y vino a hablar conmigo.

-Según santo Tomás, ¿puede apelarse a una rectitud interior, que reside en cada persona, y que le ayuda a orientar sin error los temas éticos, por ejemplo?

-Así es. El desarrollo de la razón a través de algunos modos de pensar, teniendo que superar las pasiones y los sentidos, pueden ocultar o desdibujar esa rectitud. Pero puede reaparecer porque está inscrita en el interior del hombre. Comentaba Tomás de Aquino que sería injusto que, teniendo todos los seres vivos, animales y plantas, un principio rector infalible para su conducta, el hombre no lo poseyese en absoluto. Se habla de la conciencia y sí, ella lo es. Pero la conciencia puede errar. 'Sebe estar bien formada', dicen algunos. Es verdad pero, ¿como podemos saber cómo dar una buena formación doctrinal no contaminada? El artículo Amnánesis del origen, da cuenta de la solución que encontraron Ratzinger y Leonardo Polo. 

Aquella chica había sabido captar en muy poco tienpo en qué consiste la sindéresis. Para ponernos de acuerdo los hombres necesitamos hablar y hablar. Pero el hablar puede llegar a ser infinito si cada persona solo quiere salirse con la suya. En cambio, si se busca la verdad no es difícil encontrarla. Porque ahí está, en el corazón del hombre.


Francisco Molina
Doctor en Filosofía